El cuento del trámite
Eran poco menos de las nueve de la mañana cuando llegamos al edificio para el trámite. Ivelice tenía el número veinticinco y yo el siguiente. Todos los asientos de la sala estaban llenos y había personas de pie. Alrededor de cuarenta personas esperaban su turno para completar el trámite en esta legendaria oficina pública.
De inmediato se hizo notoria la actitud de indiferencia y apatía por parte de los funcionarios en ser eficientes en su trabajo ante la mirada de las personas que les observaban. Una mujer junto a mí me comentó que “ellos se apuran cuando ven que está lleno, de lo contrario se demoran”. Las personas seguían llegando. Mientras esperaba dejé correr mi creatividad y como buen profesional de los procesos empecé a tomar nota del tiempo en que la funcionaria que nos atendería se levantaba y tardaba en volver a su cubículo; el récord del que me percaté fue de treinta minutos y luego fue mejorando sus tiempos de forma olímpica hasta cinco minutos entre ciudadano y ciudadano.
El llamado bíblico
Antes de seguir con el relato, el cual tiene un final pintoresco, quisiera detenerme en dos textos que el apóstol Pablo dirigió tanto a la iglesia en Corinto como a la iglesia en Roma, ambos mencionan un término que me hace pensar en cómo luciría un creyente trabajando en un ambiente donde la mediocridad e indiferencia son el uniforme del personal. Miremos estos textos como un coaching empresarial paulino:
Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.
Romanos 11:36.
En conclusión, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios.
1 Corintios 10:31.
Ambos textos repiten la palabra gloria (dóxa, gr.), lo conectan con Jesucristo, como el foco, motivación y merecedor de toda gloria. Jesucristo es por quien vale la pena ser un buen trabajador. Ahora bien, no podemos ignorar que esto es un asunto de cosmovisión del trabajo y esta se refleja en el desempeño laboral. A veces se piensa que es solo en la iglesia o el ministerio donde se debe servir para la alabanza de su gloria, pero la verdad es que nuestro puesto de trabajo es también nuestro lugar de misión, es un espacio para servir. En ese sentido, el mundo laboral es altamente evangelístico. Desde la forma de lidiar con un compañero viperino, hasta la integridad con que cumplimos un horario tiene el potencial de reflejar la gloria del Señor. Debemos sacudirnos de la idea de que lo que hacemos en la reunión de la iglesia o en el campamento el fin de semana es espiritual y las asignaciones que inician el lunes por la mañana son lo “secular”. No, ya sea que estemos en la iglesia o en la oficina, hagamos todo para la gloria de Dios. Teología del trabajo[1].
El trabajador cristiano

El cristiano está llamado a la excelencia, no a la perfección ni mucho menos a la adicción al trabajo, sino buscar glorificar a Dios. Hace unos años escuché una ponencia de un reconocido teólogo latinoamericano que mencionaba que lo que hacemos para el Señor debemos hacerlo con cariño. ¡Ya eso son palabras mayores! No es fácil. La carta a los Filipenses muestra que incluso dentro de la comunidad de fe no es sencillo servir sin que surjan roces o actitudes negativas. Ahora, cuánto más desafiante es procurar la gloria de Dios, la excelencia y el cariño en un entorno laboral, rodeados de compañeros que en ocasiones no inspiran precisamente ternura.
Romanos once es un pasaje que muestra a un Señor majestuoso y superior a cualquier ambiente laboral difícil y es este mismo Señor quien entra con nosotros a la oficina temprano en la mañana cada jornada. El mandato en la carta a los corintios es lo que debe definir nuestra filosofía al estudiar en la universidad una carrera y, por consiguiente, nuestra forma de ver el trabajo. Todo empleado cristiano es un misionero.
El desenlace del cuento
Regresando a la escena en la oficina pública, ya cerca del mediodía y aun esperando, la lista de personas superaba las setenta. Uno de los funcionarios comunicó esto al resto y decidieron –considerando que el almuerzo se avecinaba– dejarle al encargado del departamento la atención de los que veníamos por el mismo trámite. Cinco minutos después, pasé a ser atendido por el jefe encargado y ¡en treinta segundos! este ángel enviado por el Señor de la gloria me había resuelto mi diligencia.
Podría extenderme detallando los puntos de mejora críticos que tiene esta oficina, sin embargo, prefiero intentar ser humilde y meditar en si yo estoy reflejando la gloria de Dios desde mi trabajo. ¿Realmente busco la excelencia? ¿Mis compañeros ven el cariño de Cristo en mi trato hacia ellos? Si las personas con las que he trabajado han visto en mí a alguien parecido a Jesús, me doy por bien servido y a la vez me anima a mejorar.
La escena post-crédito
Irónicamente unos días después fui a realizar otro trámite a una oficina gubernamental a pocos metros de allí. Para mi sorpresa fue todo un contraste. La información suministrada fue clara, hubo cordialidad, buena voluntad en querer ayudar, en fin, no tomó más de veinte minutos mi travesía. En suma, no es algo imposible brindar un servicio de calidad en organizaciones que históricamente no lo son. Desconozco si alguna de las personas que me atendió en la segunda oficina se identifica como seguidora de Jesucristo, pero no esperaría menos de alguien que sí lo fuese. Más que crítica socio-laboral este artículo es una exhortación a ser luz mediante lo que hacemos y cómo lo hacemos. El mejor trabajador, con la mejor actitud e integridad debe ser el hijo de Dios.
Oremos para que aquellos cristianos en los puestos de trabajo no escondan su luz debajo del escritorio; al contrario, que se pongan en lo más alto e iluminen su departamento, dando un servicio que glorifique a Dios, aun en las oficinas públicas.
Y todo lo que hagan, háganlo con amor.
1 Corintios 16:14.
[1] Al referirnos a este punto, no ignoramos que en Latinoamérica vivimos en sociedades donde el Estado y las instituciones públicas no están ligadas a una religión en particular. No obstante, esta separación no debe trasladarse a la vida del creyente en ninguna de sus facetas (estudiante, trabajador, vecino, etc.). Aunque vivimos en un contexto secular (no cree en Jesucristo), la Iglesia (usted y yo) sigue teniendo una misión encomendada.


Muy apropiado y excelente reflexión para este día, de alguna manera muchos de nosotros como cristianos, no estamos siendo de buen testimonio en nuestros trabajos, de un u otra forma, debemos recordar q Dios nos ve, y eso es lo q importa, recordar q para nosotros lo secular no debe existir, somos de Cristo.
Sin duda, si hacemos las cosas teniendo presente al Jefe Supremo quien nos ve cambiaría mucho nuestro rendimiento y actitud.
¡Un abrazo, Libardo!
Bendiciones.